CUANDO EL MIEDO CONTROLA

“Cuando intentamos anticiparlo todo para sentirnos seguras en nuestra relación.”
— Pame González

A veces nos cuesta reconocer cuánto nos está agotando estar pendientes de todo. Si respondió, si llegó, con quién está, cuánto tiempo lleva afuera o por qué hoy lo sentimos diferente.

Nos decimos que, cuando tengamos esa respuesta, vamos a estar tranquilas. Y quizá sí… por un ratito. Pero después aparece otra duda, otra pregunta, otra cosa que necesitamos confirmar.

Podemos vivir esto con mucha angustia. Incluso darnos cuenta de que estamos preguntando demasiado y, aun así, sentir que no podemos parar. Por eso necesitamos hablar de esta experiencia con honestidad, pero también con cariño hacia nosotras mismas.

“Detrás de la necesidad de controlar, hay una parte de nosotras que tiene mucho miedo”

Miedo a que nos engañen, a que nos dejen, a no ser suficientes o a volver a vivir algo que nos dolió. Entonces intentamos adelantarnos: si estamos atentas, si sabemos todos los detalles, si detectamos cualquier cambio, quizás podamos evitar que vuelva a pasar.

Tal vez aprendimos a estar pendientes del estado de ánimo de otras personas para sentirnos seguras. Quizá vivimos relaciones donde hubo mentiras o crecimos sintiendo que todo podía cambiar de un momento a otro. Cada una tiene una historia distinta, y conocer la nuestra puede ayudarnos a entender por qué soltar un poquito el control se siente tan amenazante.

No se trata de buscar culpables. Se trata de preguntarnos: ¿qué temo que pase si dejo de estar pendiente?

A veces, la ansiedad también se expresa como una necesidad de controlar. Nos cuesta tolerar no saber y buscamos tranquilidad haciendo preguntas, revisando o pidiendo confirmación una y otra vez. Podemos sentir alivio, pero si cada duda necesita una nueva comprobación, el descanso dura poco.

Aprender a responder de otra manera requiere práctica. Al principio podemos seguir sintiendo ganas de preguntar o revisar, incluso cuando elegimos no hacerlo. El avance puede ser algo pequeño: reconocer antes lo que sentimos, hacer una pregunta sin convertirla en un interrogatorio o retomar una actividad nuestra, aunque todavía exista algo de incertidumbre.

En la pareja, esta necesidad también puede llevarnos a ocupar un lugar que pesa muchísimo. Nos volvemos quienes recuerdan, organizan, corrigen, preguntan y supervisan. Poco a poco podemos sentirnos más como la mamá o el papá de nuestra pareja que como parte de un equipo.

Y eso cansa. Cansa sentir que tenemos que sostenerlo todo. Cansa estar pendientes de nuestras responsabilidades y también de las del otro. Cansa querer disfrutar la relación mientras nuestra mente sigue buscando señales de que algo podría salir mal.

Aquí necesitamos hacer una pausa: pedir compromiso, expresar una necesidad o esperar que se cumpla un acuerdo no significa que estemos controlando. También puede ocurrir que estemos asumiendo demasiado porque nuestra pareja no está participando como necesitamos.

Por eso vale la pena mirar ambas cosas: lo que nos pasa por dentro y lo que realmente está pasando en la relación.

En Siete reglas de oro para vivir en pareja, John Gottman y Nan Silver destacan la importancia de conocer el mundo interior de nuestra pareja y compartir las decisiones. Podemos llevar esa idea a nuestra vida cotidiana preguntándonos: ¿estamos conversando para comprendernos o preguntando para calmar cada una de nuestras dudas?

Conocer qué le preocupa al otro, qué necesita y qué sueña puede acercarnos. También necesitamos que nuestras opiniones y necesidades tengan espacio. Construir equipo implica escucharnos y asumir responsabilidades de ambos lados.

La confianza necesita condiciones para crecer: honestidad, coherencia, respeto y responsabilidad de ambos. Si hay mentiras o acuerdos que se rompen una y otra vez, necesitamos reconocerlo. No todo se resuelve aprendiendo a manejar nuestra ansiedad.

Pero cuando buscamos calmar cada miedo vigilando, comprobando o pidiendo explicaciones constantemente, podemos quedar atrapadas en una búsqueda de seguridad que nunca termina de sentirse suficiente.

Una respuesta nos calma hoy, pero mañana necesitamos otra. Y, sin querer, nuestra tranquilidad empieza a depender de tener acceso a cada detalle de la vida de nuestra pareja.

Además de agotarnos, esto puede ir afectando la cercanía entre ambos. La otra persona puede sentirse vigilada y nosotras podemos sentirnos cada vez más solas con la responsabilidad de que todo esté bien.

Reconocerlo puede doler. Podemos sentir vergüenza al recordar algunas conversaciones o formas de reaccionar. Sin embargo, castigarnos tampoco nos ayuda a cambiar.

Podemos comprender nuestro miedo y hacernos responsables de cómo lo expresamos. Ambas cosas pueden coexistir y ser parte del proceso.

UNA PAUSA ANTES DE COMPROBAR

La próxima vez que sintamos urgencia de preguntar otra vez, revisar una conexión o pedir explicaciones, podemos practicar estos pasos:

1. Reconozcamos qué se activó.

¿Qué pasó y qué sentimos ganas de hacer?

Por ejemplo: “No ha respondido y tengo ganas de enviarle varios mensajes para saber con quién está”.

2. Separemos el hecho de la interpretación.

Hecho: “Todavía no ha respondido”.

Interpretación: “Seguro me está ocultando algo”.

Podemos reconocer que esa posibilidad nos asusta sin tratarla inmediatamente como una certeza. Si existen mentiras previas o un acuerdo incumplido, también necesitamos tomarlo en cuenta.

3. Preguntémonos qué necesitamos.

¿Hay algo concreto que debemos coordinar? ¿Necesitamos conversar sobre un acuerdo? ¿O ya tenemos una respuesta y estamos buscando que desaparezca toda la incertidumbre?

Pedir apoyo es válido. Lo que queremos observar es cuándo empezamos a necesitar la misma confirmación una y otra vez.

4. Elijamos una respuesta pequeña y diferente.

Si no hay una urgencia real, podemos posponer unos minutos la siguiente comprobación y retomar algo nuestro: terminar una tarea, caminar o continuar una conversación. Podemos empezar con una sola conducta, como evitar enviar un segundo mensaje inmediatamente.

La intención es practicar que podemos sentir incomodidad sin responder siempre de la misma manera.

5. Conversemos lo que sí necesita un acuerdo.

Podemos decir: “Cuando cambia el plan y no me avisás, me cuesta organizarme y me siento inquieta. ¿Podemos acordar avisarnos cuando eso pase?”.

Un acuerdo necesita ser concreto, recíproco y respetuoso de la privacidad. Después podemos observar si ambos lo cumplimos, sin asumir la responsabilidad de supervisarlo todo.

Al terminar, preguntémonos: ¿qué hice diferente esta vez? Tal vez la ansiedad no desapareció, pero logramos actuar con más cuidado hacia nosotras y hacia nuestra pareja. Eso también cuenta como avance.

“Podemos amar profundamente y dejar espacio para que la otra persona se haga responsable de su vida. Podemos cuidar el vínculo y también descansar dentro de él”

Quizá hoy el primer paso sea preguntarnos con cariño:

  • ¿cómo me está haciendo sentir esta manera de buscar seguridad?

  • ¿me está acercando a la relación que quiero construir?

Merecemos una relación en la que podamos ser compañeras, compartir responsabilidades y sentirnos cuidadas.

Parte de este camino también es mirar cómo nos relacionamos con nosotras mismas: qué pensamos de quienes somos, cómo nos hablamos y cuánto espacio damos a nuestras necesidades.

Cuando dedicamos tiempo a conocernos y cuidarnos, podemos reconocer nuestros miedos, fortalecer nuestra confianza y tener más claridad sobre lo que necesitamos en una relación. Ese cuidado nos ayuda a recordar que merecemos ser amadas con respeto y libertad, y que también podemos aprender a amar sin controlar al otro.

No tenemos que sentirnos completamente seguras ni amarnos perfectamente para merecer amor. Podemos seguir creciendo mientras construimos una relación donde haya espacio para la confianza, los acuerdos y el cuidado de ambos.

DESCARGAR PAUSA ANTES DE COMPROBAR 

DESCARGAR MIEDO A SER ABADONADA


¿Quieres una sesión con Pame?

Puedes agendarla aquí, sólo haz click

Frase Lema: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!” Salmo 46:10 NVI

Pame González

Costarricense, licenciada en Psicología Clínica con más de 10 años de experiencia dedicada al acompañamiento de pacientes en el viaje de la vida, Master en Psicología Clínica y de la Salud Mental. Su enfoque terapéutico se fundamenta en la teoría cognitivo-conductual, buscando proporcionar herramientas necesarias para afrontar y superar sus desafíos emocionales. Durante su trayectoria profesional, se ha desempeñado en una amplia variedad de casos, desde trastornos de ansiedad, depresión, trauma, abuso espiritual, relaciones interpersonales entre otros. Actualmente, labora realizando talleres, terapia individual y terapia grupal en el equipo de psicólogos de la psicóloga Alejandra Sanabria, Psicología Real desde una perspectiva científica y bíblica.

Siguiente
Siguiente

DISFRUTA DE TU LIBERTAD EMOCIONAL