¿Y SI TU ANSIEDAD NO EMPEZÓ CONTIGO?

¿Y si parte de lo que hoy llamamos ansiedad fue, en algún momento, una forma de aprender a estar a salvo?
— Pame González

Nos pasamos años pensando:

“Soy demasiado sensible.”

“Pienso demasiado.”

“Tengo que aprender a controlar mi ansiedad.”

“¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones?”

“¿Por qué siento tanta culpa cuando digo que no?”

Y quizá nunca nos hemos detenido a preguntarnos:

¿Y si parte de lo que hoy llamamos ansiedad fue, en algún momento, una forma de aprender a estar a salvo?

No toda ansiedad tiene el mismo origen. Y no todo lo que vivimos puede explicarse por nuestra infancia o nuestras relaciones.

Pero sí es verdad que los ambientes en los que nos hemos desarrollado pueden llevarnos a estar muy pendientes del estado emocional de los demás.

  • Una mamá que podía pasar rápidamente de la calma al enojo.

  • Un papá muy crítico, impredecible o emocionalmente distante.

  • Una pareja que hacía sentir que cualquier límite era una amenaza para la relación.

  • Una persona con rasgos narcisistas que constantemente hacía que todo terminara girando alrededor de sus necesidades, su aprobación o su estado emocional.

Y cuando creces en un ambiente así, aprendemos, sin que nadie nos lo enseñe explícitamente:

“Tengo que estar pendiente de los demás para estar bien.”

APRENDIMOS A LEER HABITACIONES ANTES QUE A LEERNOS A NOSOTRAS MISMAS

Tal vez aprendimos a reconocer el tono de voz de alguien. A detectar cuándo era mejor no hablar. A notar un cambio en una mirada. A pensar dos veces antes de expresar una necesidad. A disculparnos, aunque no estuviéramos seguras de haber hecho algo malo. A intentar solucionar los problemas rápidamente.

A preguntarnos:

“¿Está molesto conmigo?”

“¿Hice algo?”

“¿Qué puedo hacer para que vuelva a estar bien?”

Y quizá esa habilidad fue muy útil en algún momento.

Porque cuando el ambiente emocional es impredecible, estar alerta puede ayudarnos a anticiparnos.

El problema es que el cuerpo puede aprender una regla que después continúa funcionando incluso cuando ya no estamos en aquel ambiente:

“Si estoy pendiente de todo, quizá pueda evitar que algo malo ocurra.”

Por eso podemos llegar a la adultez sintiendo ansiedad incluso cuando, objetivamente, estamos a salvo.

ENTONCES LLEGA LA ADULTEZ… Y APARECE UNA PREGUNTA DIFÍCIL

“¿Qué quiero yo?”

Una pregunta bien difícil de responder, porque si durante mucho tiempo nuestra atención estuvo puesta en:

  • ¿Qué necesita mamá?

  • ¿Qué espera papá?

  • ¿Qué quiere mi pareja?

  • ¿Cómo evito que se enoje?

  • ¿Cómo hago para que no me abandonen?

  • ¿Cómo mantengo la paz?

Quizás aprendimos a desarrollar muchísimo la capacidad de comprender a los demás, pero muy poco la de escucharnos a nosotras mismas.

Es por esto que tomar decisiones nos puede generar mucha ansiedad. Y no, no es porque seamos incapaces. Tiene más que ver con el hecho de que elegir por nosotras mismas se siente como algo nuevo.

Imagínate lo que se siente, entonces, ELEGIRNOS a nosotras mismas primero.

“¿Y SI ESTOY SIENDO EGOÍSTA?”

Esta es una de las preguntas que más aparece cuando empezamos a poner límites.

Porque quizá aprendimos que ser una “buena hija” significaba no generar problemas, complacer en cada detalle que nos pedían o incluso anticipar necesidades.

Aprendimos que ser una “buena pareja” significaba ceder e incluso cuestionar si lo que pensamos es real o no, porque quien tiene la razón siempre es ella o él.

Por lo que el concepto de amar se nos transformó en esa creencia de que debemos comprender siempre, aunque eso implique negar lo que sentimos.

E incluso podemos llegar a pensar que perdonar significa tolerarlo todo y que poner límites es ser egoísta.

Pero existe una diferencia enorme entre egoísmo y autocuidado.

Cuidarte no significa dejar de amar a los demás.

“Significa reconocer que tú también eres alguien a quien tienes que cuidar.”

Jesús mismo dijo:

“Ama a tu prójimo como a ti mismo.”

— Marcos 12:31

Hay algo hermoso en esas palabras: el amor hacia los demás no elimina el amor hacia uno mismo. Y me atrevo a decir que nos lleva a la importancia del autoconocimiento recordándonos que no tenemos que desaparecer para poder amar.

Y AQUÍ APARECE UNA DE LAS PARTES MÁS DIFÍCILES DE SANAR

Podemos saber racionalmente que tenemos todo el derecho a poner un límite… y aun así sentir culpa.

Podemos saber que no hicimos nada malo… y aun así sentir ansiedad porque alguien está molesto.

Podemos saber que una relación terminó… y aun así sentir que deberíamos haber hecho algo diferente.

Podemos saber que no somos responsables de las emociones de otra persona… y aun así sentir que tenemos que arreglarlas.

Eso no significa que estemos retrocediendo. Significa que la razón puede aprender algo antes de que el cuerpo se sienta seguro con ello.

Sanar no consiste únicamente en pensar diferente. También implica aprender, poco a poco, que ya no necesitamos vivir en alerta.

NO TODO LO QUE SIENTES ES UNA SEÑAL DE QUE ESTÁS HACIENDO ALGO MAL

A veces la culpa no significa:

“Estoy haciendo algo malo.”

A veces significa:

“Estoy haciendo algo que antes no me permitía hacer.”

Decir que no.

Descansar.

Pedir ayuda.

Elegir otra cosa.

Dejar de explicar tus decisiones.

Alejarte de una relación que te hace daño.

Permitir que alguien se decepcione.

No responder inmediatamente.

No solucionar todos los problemas.

Todo eso puede sentirse incómodo cuando durante años aprendimos que la tranquilidad dependía de mantener a los demás satisfechos.

Pero una persona puede estar molesta con vos y seguir siendo una buena persona.

Una persona puede NO entender nuestro límite y que este límite siga siendo válido.

Las personas pueden elegir sentirse decepcionadas sin que realmente las hayamos traicionado.

Porque realmente establecer límites es un acto de valentía que implica no decepcionarnos a nosotras mismas.

DIOS NO TE PIDE QUE VIVAS EN CONSTANTE MIEDO

A veces confundimos obediencia con miedo.

Humildad con permitir que otros nos pasen por encima.

Perdón con permanecer en vínculos dañinos.

Amor con soportarlo todo.

Pero la Biblia también habla de una vida que no está gobernada por el temor.

“Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor y timidez, sino de poder, amor y autodisciplina.”

— 2 Timoteo 1:7

Esto no significa que nunca sentiremos miedo o ansiedad. Significa que la ansiedad no tiene que convertirse en la autoridad que dirige nuestra vida.

QUIZÁ CRECER NO SIGNIFICA DEJAR DE SENTIR MIEDO

Quizá crecer significa aprender a hacer cosas que antes nos daban miedo:

  • Decir lo que pensamos.

  • Poner un límite.

  • Tomar una decisión.

  • Equivocarnos.

  • Decepcionar a alguien.

  • Dejar de pedir permiso para existir.

  • Descubrir qué queremos.

Y hacerlo, aunque una parte de nosotras todavía se pregunte:

“¿Y si se enoja?”

“¿Y si piensa mal de mí?”

“¿Y si estoy equivocada?”

Porque sanar no siempre se siente como tranquilidad al principio.

A veces sanar se siente como incomodidad.

Es aprender a tolerar que alguien no esté de acuerdo con nosotras. Aprender que no tenemos que reparar inmediatamente cada conflicto, que podemos equivocarnos y seguir siendo dignas de amor. Es aprender que podemos cuidar a otros sin abandonarnos a nosotras mismas.

Y, sobre todo, es empezar a preguntarnos algo que quizá durante mucho tiempo quedó en segundo plano:

“¿Qué necesito yo?”

TAL VEZ NUESTRA ANSIEDAD TIENE UNA HISTORIA

No para culpar a nuestros padres.

No para etiquetar a nuestra pareja.

No para convertir cada experiencia dolorosa en un diagnóstico.

Sino para comprendernos.

Porque cuando entendemos de dónde aprendimos determinadas formas de reaccionar, podemos comenzar a preguntarnos si todavía las necesitamos.

Quizá alguna vez necesitamos estar pendientes del estado emocional de los demás.

Pero hoy podemos aprender a estar pendientes del nuestro.

Quizá alguna vez necesitamos anticiparnos para sentirnos seguras.

Pero hoy podemos aprender a tolerar la incertidumbre.

Quizá alguna vez necesitamos agradar para sentirnos queridas.

Pero hoy podemos aprender que nuestro valor no depende de cuánto hacemos por los demás.

Y quizá alguna vez necesitamos hacernos pequeñas para conservar un vínculo.

Pero hoy podemos descubrir que una relación sana no debería exigirnos desaparecer para poder permanecer.

No tenemos que resolver todo esto solas.

Explorar de dónde vienen nuestra ansiedad, nuestra culpa, nuestra necesidad de aprobación o nuestra dificultad para poner límites puede ser un proceso profundamente transformador cuando se hace en un espacio seguro y acompañado.

La terapia no busca decirnos quién tiene la culpa de nuestra historia.

Busca ayudarnos a comprenderla, procesarla y construir una relación diferente con nosotras mismas.

Porque quizá el objetivo no sea convertirnos en alguien que nunca siente ansiedad.

Quizá sea llegar al punto en el que podamos sentirla… sin dejar que ella decida por nosotras.

Y quizá, después de tantos años preguntándonos qué necesitan los demás, podamos comenzar a hacernos una pregunta nueva:

“¿Qué necesito para vivir una vida que también se sienta mía?”

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Versículo Lema: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!” Salmo 46:10 NVI

Pame González

Costarricense, licenciada en Psicología Clínica con más de 10 años de experiencia dedicada al acompañamiento de pacientes en el viaje de la vida, Master en Psicología Clínica y de la Salud Mental. Su enfoque terapéutico se fundamenta en la teoría cognitivo-conductual, buscando proporcionar herramientas necesarias para afrontar y superar sus desafíos emocionales. Durante su trayectoria profesional, se ha desempeñado en una amplia variedad de casos, desde trastornos de ansiedad, depresión, trauma, abuso espiritual, relaciones interpersonales entre otros. Actualmente, labora realizando talleres, terapia individual y terapia grupal en el equipo de psicólogos de la psicóloga Alejandra Sanabria, Psicología Real desde una perspectiva científica y bíblica.

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