Contempla a Cristo en la maternidad
¿Te ha pasado que te levantás, preparás un delicioso café calientito y pensás que, por una vez, vas a poder tomártelo con calma antes de comenzar el día? Pero justo cuando te sentás escuchás: “¡Mamá!”, y mientras vas a la habitación de tu hijo comenzás a encontrarte con los zapatos tirados en el suelo, la ropa que quedó por recoger, los juguetes fuera de lugar y todas esas pequeñas cosas que, aunque parecen insignificantes cuando ocurren una sola vez, pueden llegar a ser agotadoras cuando forman parte de todos los días.
Un par de horas después entrás nuevamente a la cocina y ahí está tu taza de café, completamente fría, esperando desde aquella mañana en la que pensabas que ibas a tener unos minutos para vos.
Esta escena, que puede parecer tan cotidiana, representa bastante bien algo que escucho con frecuencia en consulta. Muchas madres llegan diciendo: “Naty, de verdad yo trato de llevar la fiesta en paz. Trato de estar bien con mis hijos, trato de no gritar, pero llega un momento en que explotó y termino pegando los cuatro gritos porque siento que solamente así me hacen caso”. Después de ese momento aparece el arrepentimiento, especialmente cuando ven la expresión de sus hijos y reconocen que esa no era la manera en la que querían responder.
Cuando comenzamos a revisar las rutinas y dinámicas familiares, muchas veces encuentro hogares con una carga importante de responsabilidades. Hay trabajo, escuela, tareas, alimentación, limpieza, transporte, actividades, pendientes y una gran cantidad de decisiones que deben tomarse todos los días. Al finalizar se termina funcionando en modo automático, intentando responder a todo lo que necesita su familia, mientras sus propios espacios de descanso, conexión y cuidado van quedando para después.
Y cuando el cansancio se vuelve acumulativo, también cambia nuestra capacidad para responder porque afecta nuestra regulación emocional, haciendo que sea más difícil tolerar la frustración, detenernos antes de reaccionar o responder de manera diferente cuando una situación se repite por décima vez.
Pero hay algo que también puede comenzar a quedar en el olvido en medio de ese ritmo se va enfriando el corazón. La oración se deja para cuando haya tiempo, la lectura de la Biblia se convierte en una actividad que se intenta recuperar después de una semana particularmente difícil, etc… Y entonces aparece una pregunta que considero profundamente importante:
¿Podés contemplar a Cristo en tu maternidad?
No solamente cuando tenés un momento a solas con Él, sino también en medio de aquello que forma parte de tu día a día.
Contemplar a Cristo en lo cotidiano
Durante este tiempo he estado reflexionando mucho acerca de lo que significa contemplar a Cristo en lo cotidiano, en esas partes de la vida que fácilmente consideramos insignificantes, en nuestras luchas y también en nuestros propios pecados.
Porque contemplar a Cristo no significa solamente pensar en Él cuando las cosas están bien. También significa volver nuestra mirada hacia Él cuando reconocemos nuestra necesidad, cuando estamos cansadas, cuando nos equivocamos y cuando nos encontramos con aspectos de nuestro propio corazón que preferiríamos no ver. Tener a Cristo en la mente.
Cuando toda tu atención está puesta en lo que haces, podes comenzar a creer que tu valor depende de qué tan bien desempeñas tu papel. Podes sentir que necesitas tener hijos obedientes para sentir que estas haciendo un buen trabajo, que tus hijos deberían reconocer todo lo que haces por ellos o que, si estas cansadas y reaccionas mal, significa que estas fracasando.
Pero el evangelio nos presenta una realidad diferente. Tu identidad no comienza en la maternidad ni depende de tu desempeño dentro de ella. Antes de ser madres, sos hija de Dios y, para quienes estamos en Cristo, nuestra identidad está fundamentada en Él y no en nuestra capacidad para cumplir perfectamente con las demandas de la vida familiar.
Dar de nosotras mismas puede ser una expresión hermosa del amor, pero cuando constantemente damos esperando recibir reconocimiento, gratitud o confirmación de nuestro valor, podemos terminar profundamente agotadas. Los hijos no siempre van a reconocer el esfuerzo que hay detrás de aquello que sus madres hacen por ellos, y no porque sean necesariamente desagradecidos, sino porque son niños y adolescentes que todavía están desarrollando la capacidad de comprender todo lo que implica el cuidado que reciben.
Por eso, parte de contemplar a Cristo en la maternidad consiste en recordar que el reconocimiento que necesitas para saber que tu esfuerzo tiene valor no tiene que venir de tus hijos.
Dios ve aquello que muchas veces nadie más ve. Él conoce el cansancio, las preocupaciones, las decisiones, las conversaciones y los pequeños actos de servicio que forman parte de la vida familiar. Y desde esa seguridad una madre puede continuar dando, no porque necesite demostrar que es suficiente, sino porque ya es profundamente amada por Dios.
Contemplar a Cristo también cuando fallás
Hay otro lugar donde esta mirada puede resultar especialmente importante: cuando una madre reconoce que ha pecado.
Porque puede ocurrir que después de un día agotador llegue ese momento en el que pierde la paciencia, levanta la voz o responde de una manera que después lamenta profundamente. En consulta, muchas madres quedan atrapadas en la culpa después de estas experiencias, llegando incluso a preguntarse si el daño que hicieron en ese momento significa que son malas madres.
Pero una respuesta cristocéntrica no consiste en minimizar lo ocurrido. Si hubo una respuesta pecaminosa, es importante reconocerla, pedir perdón y reparar la relación con el hijo. La gracia no significa llamar bueno a aquello que estuvo mal.
La gracia significa que el pecado puede ser reconocido sin que la persona tenga que esconderse de Dios.
Por eso, incluso en esos momentos podemos contemplar a Cristo. No para justificar lo que hicimos, sino para acercarnos a Él desde nuestra necesidad, confesar aquello que estuvo mal, recibir su perdón y aprender de lo ocurrido.
Y desde la psicología, esto también tiene una importancia enorme para la relación con los hijos. Un niño no necesita una madre que jamás se equivoque; necesita una relación en la que exista la posibilidad de reparar, conversar sobre lo sucedido, asumir responsabilidad y volver a conectar.
La reparación después de un conflicto también educa.
¿Cómo empezar a contemplar a Cristo en la maternidad?
No se trata de añadir otra obligación a una agenda que ya está llena. Se trata de comenzar a prestar atención a la presencia de Cristo precisamente en aquellas actividades que normalmente pasan desapercibidas.
Podés comenzar con una pausa en medio de una situación cotidiana. Cuando estés recogiendo los juguetes, ayudando con una tarea escolar, preparando la comida o intentando poner nuevamente un límite que ya has explicado varias veces, podés detenerte unos segundos y reconocer delante de Dios lo que está ocurriendo en vos: quizá estás cansada, frustrada, preocupada o simplemente sobrecargada.
Esa pausa no va a resolver mágicamente el cansancio ni hará que tus hijos obedezcan inmediatamente, pero puede ayudarte a recordar que no estás viviendo esa situación separada de Dios y que tampoco necesitás responder desde el agotamiento automático.
También podés comenzar a preguntarte qué estás esperando recibir de tus hijos. Si descubrís que gran parte de tu frustración aparece porque necesitás que ellos reconozcan tu esfuerzo, que respondan de determinada manera o que su comportamiento confirme que estás haciendo bien tu trabajo, esa puede ser una oportunidad para llevar esa necesidad delante de Cristo.
No para dejar de poner límites ni para dejar de esperar conductas apropiadas, sino para diferenciar entre lo que corresponde enseñar a un hijo y aquello que ningún hijo puede proporcionar: identidad, valor y plenitud.
Mamá, contemplá a Cristo
La maternidad está llena de tareas que se repiten, responsabilidades que pocas veces terminan y momentos que probablemente nadie va a reconocer. Pero precisamente en medio de esa cotidianidad puede existir una oportunidad para mirar nuevamente a Cristo y recordar que tu valor no depende de cuánto lográs hacer, de qué tan bien se comportan tus hijos o de cuántas veces lográs mantener la calma durante el día.
Contemplar a Cristo no significa escapar de la realidad de la maternidad, sino aprender a vivir esa realidad desde una perspectiva diferente. Significa poder servir sin convertir el reconocimiento de los hijos en la fuente de nuestra identidad, corregir sin sentir que su reacción determina nuestro valor, reconocer nuestros errores sin quedar atrapadas en la culpa y aceptar que también necesitamos descanso, ayuda y comunidad.
Quizás el cambio no esté en que mañana desaparezcan los zapatos del suelo, los juguetes desordenados o las veces que escuchés “¡mamá!”. El cambio puede comenzar en la manera en que interpretás lo que estás viviendo y en el lugar desde donde respondés.
Porque cuando Cristo deja de ser únicamente alguien a quien contemplamos en nuestros momentos de devoción y comienza a ocupar también el centro de nuestra vida cotidiana, incluso las partes más ordinarias de la maternidad pueden convertirse en espacios donde reconocemos nuestra necesidad de Él.
Contemplar a Cristo en la maternidad es aprender a vivirla no desde la exigencia de ser suficiente, sino desde la seguridad de que, en Cristo, ya somos amadas y recibidas por Dios.
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Versículo Lema: “Cuando mi mente se llenó de dudas, tu consuelo renovó mi esperanza y mi alegría.” Salmos 94:19 RV-60