“Y entre tanto por atender, aparece esa sensación conocida: si no estoy pendiente yo, ¿quién lo va a hacer?”
Cómo reconocer qué está en tus manos cuando la preocupación se acumula.
Apenas empieza noviembre y quizá ya sentís que el año se te vino encima. Pensás en los pendientes, los gastos, los compromisos familiares y todo lo que querías haber resuelto a estas alturas.
Pero también hay otras cosas ocupando espacio: cómo estará alguien que querés, una conversación que sigue pendiente, una decisión que otra persona no toma o el miedo a que algo salga mal.
Y entre tanto por atender, aparece esa sensación conocida: si no estoy pendiente yo, ¿quién lo va a hacer?
Es cansado vivir como si todo necesitara tu supervisión para funcionar. Especialmente cuando, además de tus responsabilidades, intentás hacerte cargo de las emociones, las decisiones y las respuestas de los demás.
Tal vez hoy necesitás detenerte y preguntarte: de todo lo que estoy cargando, ¿qué me corresponde realmente?
QUE TE PREOCUPE NO SIGNIFICA QUE TE TOQUE RESOLVERLO
Podés querer mucho a alguien y no poder tomar sus decisiones. Podés preparar una conversación con cuidado y aun así recibir una respuesta que te duela. Podés organizarte y encontrarte con un imprevisto.
Cuando sentimos ansiedad, podemos buscar seguridad pensando una y otra vez en lo que podría pasar. Revisamos, anticipamos, preguntamos y ensayamos soluciones. A veces eso ayuda a preparar una acción; otras veces seguimos pensando sin que aparezca algo nuevo que podamos hacer.
Reflexionar sobre lo que está pasando o podría pasar puede ayudarnos a comprender la situación, reconocer cómo estamos participando —tanto con lo que hacemos como con lo que dejamos de hacer— y valorar qué necesitamos cambiar. Pero cuando le damos vueltas a las mismas preguntas sin encontrar información nueva ni un siguiente paso, podemos quedar atrapadas en una espiral: volvemos una y otra vez al punto de inicio, solo que cada vez más sobrecargadas.
Una pregunta para reconocer la diferencia es: ¿esto me está ayudando a comprender lo que pasa o estoy recorriendo otra vez la misma preocupación?
Para ordenar esas preocupaciones, puede servir distinguir tres espacios: lo que está en tus manos, aquello en lo que podés influir y lo que no depende de vos.
1. LO QUE ESTÁ EN TUS MANOS
Aquí están las acciones y decisiones propias: cómo distribuís tu tiempo, qué compromiso aceptás, qué ayuda pedís o qué límite comunicás.
Por ejemplo, si te preocupa una reunión familiar, podés decidir cuánto tiempo quedarte, cuánto podés gastar y qué vas a hacer si una conversación se vuelve hiriente.
Eso no significa que puedas elegir cada emoción que aparece. No tenés que lograr estar tranquila para dar un paso que te cuide.
La pregunta es: ¿qué acción concreta y posible puedo tomar hoy?
Quizá sea responder un mensaje pendiente, revisar tu presupuesto o decir: “Esta vez no puedo encargarme de eso”.
2. AQUELLO EN LO QUE PODÉS INFLUIR
Hay situaciones en las que tu participación importa, aunque el resultado también dependa de otras personas.
Podés proponer que las tareas se repartan, expresar una necesidad en tu relación o conversar sobre un gasto compartido. Podés escuchar, negociar y plantear alternativas.
Lo difícil suele venir después: permitir que la otra persona responda y reconocer que insistir más no siempre produce el acuerdo que necesitás.
Hacer tu parte no garantiza que el otro haga la suya. Esa información también te ayuda a decidir qué límites o cambios necesitás.
La pregunta aquí es: ¿qué puedo pedir, conversar o proponer, y qué haré con la respuesta que reciba?
3. LO QUE NO DEPENDE DE VOS
Aquí están el pasado, las decisiones ajenas, las opiniones de otras personas y muchos de los imprevistos de la vida.
Puede doler reconocerlo. Sobre todo, si aprendiste a sentirte segura estando pendiente de todo o procurando que nadie se molestara.
Aceptar que algo no depende de vos puede requerir tiempo. Podés sentir tristeza, enojo o miedo mientras lo vas comprendiendo.
Y reconocer tus límites no te obliga a quedarte en una situación que te hace daño. Aunque no puedas cambiar la conducta de alguien, podés buscar apoyo y tomar decisiones para protegerte.
La pregunta es: ¿qué necesito para cuidarme mientras esto sigue sin resolverse?
UNA PAUSA PARA ORDENAR LO QUE ESTÁS CARGANDO
Elegí una preocupación que hoy te esté ocupando mucho espacio. Escribila en una frase y preguntate:
¿Qué parte está en mis manos?
¿Qué puedo conversar o intentar influir?
¿Qué resultado estoy tratando de garantizar, aunque no dependa de mí?
Después elegí un solo paso. Por ejemplo:
“Me preocupa que haya conflictos en la reunión familiar. Puedo coordinar algunos acuerdos y comunicar mis límites. No puedo asegurar que todos estén de buen humor. Si necesito retirarme, puedo hacerlo”.
No hace falta resolver toda la situación para reconocer tu siguiente paso.
TAMBIÉN HAY ESPACIO PARA VOS
Quizá al dejar de hacerte cargo de algo aparezca culpa. Podés escucharla y revisar si hay una responsabilidad pendiente o si estás acostumbrada a exigirte más de lo que podés sostener.
Este noviembre, además de mirar lo que falta por hacer, podés revisar cuánto estás cargando y con qué apoyo contás.
Si la preocupación ocupa gran parte de tu día, afecta tu descanso o te cuesta poner límites aun estando agotada, podés buscar acompañamiento psicológico para comprender lo que te está pasando y trabajar en ello.
Que algo te importe no significa que todo te corresponda. Vos también necesitás cuidado.
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Frase Lema: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!” Salmo 46:10 NVI