La culpa materna
¿Cuántas mamás se identifican con estos pensamientos?
“Hoy no quiero jugar.”
“Necesito estar sola.”
“Perdí la paciencia otra vez.”
“Siento que no estoy disfrutando suficiente a mis hijos.”
“¿Y si todo lo que hago no es suficiente?”
Esos pensamientos que a veces temés decir en voz alta no se quedan solo ahí. Muchas veces vienen acompañados de una emoción silenciosa, pero profundamente conocida en la maternidad: la culpa.
La culpa puede acompañar decisiones tan diferentes como trabajar fuera de casa, quedarse en casa, poner un límite, perder la paciencia, necesitar descansar, pasar tiempo lejos de los hijos o simplemente reconocer que la maternidad no siempre se siente como se imagina.
Mamá, pero sentir culpa no necesariamente significa que estás haciendo algo mal, a veces la culpa señala una conducta que necesita ser reconocida y reparada. Otras veces aparece porque estás intentando alcanzar una versión idealizada e imposible de la maternidad. Aprender a distinguir una de la otra puede cambiar profundamente la manera en que vives tu maternidad.
Naty, ¿por qué sentimos tanta culpa?
Rotkirch y Janhunen (2010) estudiaron las experiencias emocionales de 63 madres finlandesas con hijos pequeños. Las participantes escribieron acerca de emociones relacionadas con la maternidad que consideraban difíciles, negativas o incluso socialmente inaceptables.
Entre las emociones descritas aparecieron el amor y la alegría, pero también el cansancio, la ira, la frustración, la vergüenza y la culpa. Las investigadoras observaron que la culpa surgía especialmente cuando las madres percibían una discrepancia entre lo que estaban haciendo o sintiendo y lo que consideraban que una buena madre debería hacer o sentir (Rotkirch & Janhunen, 2010).
Esto es importante porque nos permite comprender que detrás de la culpa materna pueden existir al menos dos realidades diferentes.
Una madre puede pensar:
“Grité de una manera que lastimó a mi hijo.”
Pero también puede pensar:
“Quise pasar una tarde sola y una buena mamá no debería querer alejarse de sus hijos.”
Ambas experiencias pueden producir culpa.
La función de la culpa
La culpa no es necesariamente una emoción que se deba de eliminar, se puede funcionar como una emoción interpersonal que aparece cuando reconocemos que nuestro comportamiento pudo perjudicar a otra persona. A diferencia de la vergüenza, que suele involucrar una evaluación negativa global de uno mismo, la culpa tiende a concentrarse en aquello que hicimos y en sus consecuencias para otros (Rotkirch & Janhunen, 2010).
Por ejemplo:
“Le grité a mi hijo y lo asusté.”
La incomodidad que aparece después puede movilizarte a reconocer lo ocurrido, regularse, pedir perdón, reparar la relación y buscar una respuesta diferente para una situación futura. La culpa puede favorecer las conductas de reparación o ayudaba a inhibir respuestas impulsivas.
En estos casos, quizá la pregunta no debería ser:
“¿Cómo hago para dejar de sentir culpa?”
Sino:
“¿Qué me está señalando esta culpa y qué necesito hacer con ella?”
La Biblia tampoco nos enseña a ignorar la culpa
Hay ocasiones en que haz hablado desde la ira, humillación, reaccionado impulsivamente, utilizado palabras hirientes o actuado de una manera contraria a aquello que Dios nos llama a vivir.
La respuesta bíblica no consiste en justificarlo, consiste en poder reconocerlo.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.”
1 Juan 1:9
Existe una tristeza que puede conducirnos hacia el arrepentimiento y la transformación (2 Corintios 7:10).
Por eso, cuando como mamá reconoces:
“Lo que hice estuvo mal”, no necesariamente estás frente a algo malo, es la oportunidad perfecta para reconocer, arrepentirse, reparar y aprender.
El problema aparece cuando:
“Hice algo malo”
se transforma en:
“Soy una mala mamá.”
Ahí ya no estás hablando solamente de responsabilidad, estás entrando en el terreno de la vergüenza y la condenación.
Y hay un mito o una representación social de “una buena mamá debería…” que está totalmente idealizada: “deberia de ser extremadamente dedicada, amorosa, disponible y centrada constantemente en las necesidades de sus hijos”, pero qué pasa cuando tu realidad no coincide con ese ideal, puede aparecer culpa incluso cuando no ha ocurrido ninguna conducta dañina.
Detrás de estos ideales de fracaso pueden existir diferentes raíces que necesitan ser identificadas en lugar de aceptar automáticamente la conclusión de que estas fallando como madre.
Mamá, vos no sos omnipresente
Hay algo que la maternidad moderna puede hacerte olvidar:
Dios nunca diseñó a una sola persona para satisfacer todas las necesidades de otro ser humano.
De hecho, la investigación sobre maternidad reconoce que históricamente el cuidado humano ha ocurrido dentro de sistemas cooperativos en los que participan otras personas además de la madre (Rotkirch & Janhunen, 2010).
Y desde nuestra cosmovisión bíblica podemos llevar esta verdad todavía más lejos:
la omnipresencia es un atributo de Dios, no de las madres.
No podés estar disponible emocionalmente las veinticuatro horas.
No podés evitar cada sufrimiento.
No podés anticipar todas las necesidades.
No podés controlar todas las decisiones futuras de tus hijos.
No podés garantizar que nunca tendrán heridas.
Y tampoco podés producir por tu propio esfuerzo el resultado final de sus vidas.
Eso no significa que tu responsabilidad como madre desaparezca, debes diferenciar la responsabilidad y control.
Entonces, ¿qué hago cuando aparece la culpa?
En lugar de creer inmediatamente todo lo que la culpa dice acerca de vos, detente y examina lo que está ocurriendo.
Podés preguntarte:
¿Qué pasó realmente?
¿Hay una conducta específica que necesita reparación?
¿Lastimé a mi hijo o simplemente no cumplí mi expectativa de cómo debería comportarse una “buena mamá”?
¿De dónde aprendí esa expectativa?
¿Es una convicción bíblica o una regla que fui construyendo a partir de mi historia, mi familia, las redes sociales o la comparación con otras madres?
¿Esta culpa me está acercando al arrepentimiento y la reparación o me está llevando al autodesprecio y la condenación?
¿Qué sería actuar fielmente delante de Dios en esta situación?
Porque no toda culpa necesita la misma respuesta.
Podes sacar unos minutos para ti, acompañándote con un té de tilo, aswanghana o lavanda de manzate mientras observas.
Si hubo daño:
reconocer → arrepentirse → reparar → aprender → volver a conectar.
Si hubo una expectativa imposible:
identificar → cuestionar → llevarla delante de Dios → soltarla.
Referencias
Rotkirch, A., & Janhunen, K. (2010). Maternal guilt. Evolutionary Psychology, 8(1), 90–106. https://doi.org/10.1177/147470491000800108
Te dejo un flyer para que la puedas descargar y reparar la culpa
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Versículo Lema: “Cuando mi mente se llenó de dudas, tu consuelo renovó mi esperanza y mi alegría.” Salmos 94:19 RV-60