¿AMOR O ANSIEDAD?

Hay rupturas que duelen porque perdimos a alguien que amábamos.
— Pame González

Y hay rupturas que duelen, porque además sentimos que junto con esa persona perdimos nuestra calma, nuestra seguridad, nuestra estabilidad e incluso una parte de nosotras mismas.

Ante este escenario aparecen muchas preguntas sin respuesta y entre tantas incógnitas una pregunta honesta que nos podemos realizar es:  

¿Extraño a esta persona o extraño cómo me sentía cuando estaba con esta persona?

No siempre es fácil distinguirlo. Cuando vivimos una relación desde mucha ansiedad, poco a poco podemos empezar a utilizar el vínculo como una forma de regular nuestras emociones. 

Si la persona responde, sentimos alivio. Si está cariñosa, sentimos seguridad. Si nos busca, sentimos que somos importantes. Pero cuando se distancia, tarda en contestar o percibimos algún cambio, nuestro sistema emocional puede entrar en alerta.

  • “¿Estará perdiendo el interés?”

  • “¿Hice algo mal?”

  • “¿Y si conoce a alguien más?”

  • “¿Por qué no me contesta?”

  • “Necesito saber qué está pasando.”

Y entonces en búsqueda de seguridad entramos en un ciclo: 

Y cuando finalmente recibimos ese mensaje, esa llamada, ese “te quiero” o ese gesto que necesitábamos, aparece el alivio momentáneo y por un momento, todo parece estar bien. Lo interesante de esto es el mensaje que le estamos enseñando a nuestros cerebros: 

“Cuando siento ansiedad, necesito recurrir a esta persona para sentirme bien otra vez.”

Y ahí puede comenzar un ciclo difícil de romper.

CUANDO EL VÍNCULO SE CONVIERTE EN NUESTRO REGULADOR EMOCIONAL

Una relación saludable puede brindarnos apoyo, compañía, seguridad y conexión.

Pero existe una gran diferencia entre recibir regulación emocional de una relación y depender casi exclusivamente de esa relación para poder regularnos.

Cuando nuestra tranquilidad depende demasiado de lo que hace o deja de hacer la otra persona, nuestro bienestar comienza a quedar en manos de alguien más.

“Si él está bien conmigo, yo estoy bien.”

“Si estamos mal, siento que todo está mal.”

“Si me busca, puedo respirar.”

“Si se distancia, siento que algo terrible está pasando.”

Sin darnos cuenta, la relación puede empezar a ocupar un lugar demasiado grande dentro de nuestra estabilidad emocional.

Y esto no significa que seamos débiles, intensas o incapaces de estar solas.

Muchas veces significa que hemos aprendido a buscar afuera la seguridad que todavía estamos aprendiendo a construir dentro.

EL PROBLEMA NO SIEMPRE ES CUÁNTO AMAS, SINO CUÁNTO NECESITAS PARA SENTIRTE SEGURA

Aquí es donde podemos confundir amor con ansiedad. Y esto pasa porque la ansiedad puede disfrazarse de amor.

Nos puede decir de forma contundente:

“Me preocupo porque lo amo.”

“Quiero saber dónde está porque me importa.”

“Necesito hablar con él porque lo extraño.”

“Quiero volver porque todavía lo amo.”

Y puede ser verdad.

Puedes amar a alguien y, al mismo tiempo, estar experimentando una enorme ansiedad frente a la posibilidad de perderlo.

Las dos cosas pueden coexistir. Pero existe una pregunta que puede ayudarnos a mirar más profundamente:

¿Quiero estar con esta persona o necesito estar con esta persona para sentir que estoy bien?

Y esto NO son exactamente lo mismo.

¿QUE PASA CUANDO LA RELACIÓN TERMINA? 

Cuando la relación llega a su fin sucede aquello que más temíamos:

La relación termina.

Y entramos en un ciclo donde la ansiedad se vuelve insoportable. No solamente porque extrañamos a esta persona sino también porque desaparece de repente aquella fuente externa de seguridad a la que habían aprendido a recurrir.

Por lo que nuestro cerebro nos lleva a pensar varias alternativas para regresar a un “estado emocional más cómodo” aunque racionalmente comprendamos que la decisión de la ruptura quizás era la más acertada.

  • Por lo que sentimos unas ganas desesperadas de escribirle.

  • Revisar sus redes.

  • Ver si está conectado.

  • Preguntarles a otras personas por él.

  • Recordar conversaciones.

  • Releer mensajes.

  • Idealizar los momentos buenos.

  • Pensar una y otra vez qué pudieron haber hecho diferente.

  • Fantasear con volver.

  • Buscar una explicación que finalmente calme la angustia.

Y aparece una sensación muy particular:

“Sé que debería soltar, pero no puedo.”

Y no es que no sepamos que la relación terminó sino es que nuestro sistema emocional todavía está buscando la seguridad que esa relación proporcionaba.

EL CEREBRO PUEDE CONFUNDIR LA AUSENCIA CON PELIGRO

Una ruptura es una pérdida. Y las pérdidas activan emociones intensas.

Por eso no deberíamos apresurarnos a decir que toda ansiedad después de una ruptura es “dependencia emocional”. Hay una parte de ese dolor que puede formar parte de un proceso normal de duelo.

Pero también vale la pena observar qué lugar ocupaba esa relación en nuestra vida.

¿Mi relación era parte de mi vida o se había convertido en mi vida? ¿Se había convertido prácticamente en nuestro único lugar de seguridad, compañía, validación y sentido?

Porque cuanto más concentramos nuestra estabilidad emocional en una sola persona, más amenazante puede sentirse su ausencia.

Y entonces aparece una paradoja:

Queremos volver a la relación para dejar de sentir la ansiedad que apareció cuando la relación terminó.

Pero volver no necesariamente significa que la relación sea saludable.

A veces significa solamente que queremos que desaparezca el dolor.

Y esas dos cosas son diferentes.

¿LO EXTRAÑO A ÉL O EXTRAÑO SENTIRME SEGURA?

Esta pregunta nos puede llevar a reflexionar sobre las diferencias sin, invalidar lo que sentimos. Si, podemos extrañar abrazos, conversaciones, la convivencia, pero quizá también extrañamos el sentir que alguien nos elegí, que alguien estaba ahí, que alguien nos necesitaba, que teníamos a quién acudir y que no estábamos solas.

Reconocernos esto a nosotras mismas puede ser profundamente doloroso, pero también liberador porque si es cierto que extrañamos la seguridad que encontrábamos en esta persona, pero también tenemos la oportunidad de construir nuevas fuentes de seguridad. 

  • Volver a nuestras redes de apoyo  

  • Recuperar nuestros intereses 

  • Reconectar con nuestro cuerpo 

  • Aprender a tolerar la incertidumbre.

  • Fortalecer nuestra autoestima.

  • Aprender a poner límites.

  • Volver a escucharnos.

  • Volver a nuestra espiritualidad.

Descubrir que puedes atravesar una emoción intensa sin necesitar actuar inmediatamente para hacerla desaparecer.

Y, sobre todo, aprender a permanecer contigo.

NO NECESITAS CONVERTIRTE EN UNA MUJER QUE NO NECESITA A NADIE

A veces hablamos de independencia emocional como si sanar significara no necesitar a nadie. Y realmente no se trata de eso, necesitar apoyo no es dependencia, así como amar profundamente no es dependencia 

Disfrutar de la compañía de alguien no es dependencia. La diferencia está en poder decir:

“Te necesito en algunos momentos, pero no necesito dejar de ser yo para que tú permanezcas.”

Una relación sana no debería exigirnos abandonarnos para conservar el vínculo. Podemos amar y tener nuestra propia vida, así como pedir apoyo y también aprender a calmarnos.

Podemos sentir miedo a perder a alguien sin convertir ese miedo en control, así como necesitar al otro sin dejar de necesitarnos a nosotras mismas.

QUIZÁ LA PREGUNTA NO SEA CÓMO DEJAR DE NECESITARLO

Quizá la pregunta sea:

¿Cómo puedo aprender a sentirme segura sin depender exclusivamente de que otra persona me confirme que estoy a salvo?

Porque sanar no significa llegar al punto en el que una ruptura no duela. Significa poder atravesar el dolor sin perderte dentro de él. Significa poder decir:

“Lo extraño y aun así puedo cuidarme.”

“Me duele y aun así puedo seguir con mi vida.”

“Quisiera que regresara y aun así puedo preguntarme si realmente volver sería bueno para mí.”

“Lo amé y eso no significa que tenga que volver.”

Y quizá, poco a poco, puedas descubrir algo que al principio parece pequeño, pero que en realidad es enorme:

Puedo sentir ansiedad sin obedecerla.

Puedo extrañar sin buscar.

Puedo sentir miedo sin perseguir.

Puedo amar sin abandonarme.

Y puedo aprender a ser un lugar seguro para mí misma.

UN PEQUEÑO RITUAL PARA VOLVER A TI

A veces aprender a regularnos también implica crear pequeños espacios de pausa en medio de la emoción.

No para escapar de lo que sentimos, sino para hacer una pausa antes de actuar desde la ansiedad.

Puedes preparar tu té favorito de MANZATE y convertir esos minutos en un pequeño ritual de calma. Puede ser tranquité, ashwagandha, manzanilla o el que más disfrutes. La idea no es que el té “quite” la ansiedad, sino utilizar ese momento como una invitación a detenerte, respirar y preguntarte:

¿Qué estoy sintiendo?
¿Qué necesito realmente?
¿Quiero buscarlo a él o necesito sentirme segura?
¿Qué puedo hacer por mí en este momento?

Prepara tu taza, siéntate unos minutos, respira y date permiso de sentir sin tener que resolverlo todo inmediatamente.

A veces, volver a ti comienza con algo tan sencillo como hacer una pausa.

“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
— Filipenses 4:7

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Versículo Lema: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!” Salmo 46:10 NVI

Pame González

Costarricense, licenciada en Psicología Clínica con más de 10 años de experiencia dedicada al acompañamiento de pacientes en el viaje de la vida, Master en Psicología Clínica y de la Salud Mental. Su enfoque terapéutico se fundamenta en la teoría cognitivo-conductual, buscando proporcionar herramientas necesarias para afrontar y superar sus desafíos emocionales. Durante su trayectoria profesional, se ha desempeñado en una amplia variedad de casos, desde trastornos de ansiedad, depresión, trauma, abuso espiritual, relaciones interpersonales entre otros. Actualmente, labora realizando talleres, terapia individual y terapia grupal en el equipo de psicólogos de la psicóloga Alejandra Sanabria, Psicología Real desde una perspectiva científica y bíblica.

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