LA ANSIEDAD DE SOSTENERLO TODO

Como mujeres, podemos sentir que no nos preguntan con regularidad cómo estamos, de una forma genuina, que nazca del deseo real de saber, a profundidad, cómo nos encontramos. Y la realidad es que gran parte del pensamiento que existe a nivel global es que “nosotras podemos con todo”, como si fuese un mandato, una obligación implícita.

Nos llenan de “elogios”: que somos las más responsables, que somos resolutivas, que sostenemos a los otros y que no nos derrumbamos fácilmente —o por lo menos, no delante de los demás—. Muchas veces se espera que tengamos un consejo para dar, que seamos quienes organizan, anticipan o acompañan. Sobre todo, que parezca que siempre tenemos un plan B.

Desde afuera esto se ve admirable, incluso como un ejemplo a seguir. Pero, ¿cómo se siente desde adentro? Nos encontramos con tasas de agotamiento crónico extremo que se han normalizado como una regla invisible: nuestro secreto parece ser que “siempre estamos cansadas”, al punto de sentirnos culpables si no nos sentimos así.

En consulta he escuchado frases que se repiten:

“Yo siempre he tenido que ser la fuerte.”
“Si yo me caigo, todo se cae.”
“No puedo darme el lujo de quebrarme.”

Y casi siempre, detrás de esa fortaleza impecable, hay ansiedad. No necesariamente porque seamos débiles o porque nos falte algo, sino porque llevamos demasiado tiempo sosteniendo más de lo que nuestro sistema nervioso puede procesar.

LA FORTALEZA COMO IDENTIDAD

Desde la psicología podemos entender que muchas de nosotras hemos desarrollado una identidad marcada por la ansiedad y el sobrefuncionamiento. Aprendimos, por lo general desde muy pequeñas, que nuestro valor depende de lo que podamos resolver, de lo que logremos sostener y de lo que seamos capaces de evitar que “explote”.

Frases como: “Vos siempre vas delante de todo”, “Tenés mucha iniciativa”, “Siempre estás pendiente de todo”, suelen aplaudirse como características admirables. Y sí, pueden serlo. Sin embargo, pocas veces se observa la carga mental que esto implica. Porque, en el fondo, lo que muchas hemos desarrollado es una hipervigilancia constante a los detalles.

En entornos donde hubo inestabilidad emocional, conflicto persistente o ausencia afectiva, ser “la madura” era una forma de sobrevivir. Ser fuerte era una estrategia. El problema aparece cuando lo que fue una estrategia temporal se convierte en una identidad permanente.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, los trastornos de ansiedad son significativamente más frecuentes en mujeres que en hombres. Y no se trata solo de biología; también influyen factores sociales y relacionales: mayor carga mental, responsabilidades invisibles y la presión constante por cumplir múltiples roles sin fallar.

La mujer fuerte rara vez descansa por completo. Incluso cuando se sienta, su mente sigue anticipando. La ansiedad no siempre se manifiesta en crisis evidentes. A veces se disfraza de eficiencia extrema.

LA DISCREPANCIA QUE AGOTA

Hay una distancia silenciosa entre la imagen externa y la experiencia interna.

La imagen externa dice:
Ella puede.
Ella sabe.
Ella aguanta.

La experiencia interna susurra:
Estoy cansada.
Tengo miedo de fallar.
Me siento sola en esto.
No quiero ser siempre la que sostiene.

Esta discrepancia genera tensión constante. Y la tensión sostenida mantiene activado el sistema nervioso en modo alerta. El cuerpo no distingue entre un peligro real y la sensación persistente de “no puedo bajar la guardia”.

Vivir así no es fortaleza. Es supervivencia prolongada. Que nos empieza a afectar el cuerpo por medio de: insomnio, contracturas, taquicardia, irritabilidad, llanto inesperado, sensación de estar al límite sin razón aparente.

No es exageración. Es agotamiento emocional acumulado.

SOBRECOMPENSACIÓN EMOCIONAL: CUANDO LA VIRTUD ES DEFENSA

Como lo venimos desarrollando existen conductas que socialmente se aplauden, pero psicológicamente pueden ser intentos de regulación ansiosa:

  • Hacerse cargo de todo antes de que alguien lo pida.

  • No delegar porque “es más rápido hacerlo yo”.

  • Minimizar el propio dolor.

  • Resolver conflictos ajenos para evitar tensión.

  • Convertirse en la terapeuta de todos.

  • Sonreír cuando por dentro hay saturación.

En el fondo el mensaje inconsciente suele ser: “Si todo está bajo control, estoy a salvo.”

La sobrecompensación es una forma de intentar disminuir la incertidumbre. Pero el control constante tiene un costo: desconexión emocional y agotamiento profundo.

Y algo importante: muchas mujeres fuertes no sabemos que estamos cansadas hasta que el cuerpo nos obliga a detenernos.

LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL DEL CANSANCIO

Hay algo profundamente humano en reconocer el límite.

Como nos lo enseño Jesús, en Getsemaní, expresó angustia intensa antes de enfrentar el dolor. La Escritura no romantiza la fortaleza invulnerable. Más bien muestra vulnerabilidad honesta.

En 2 Corintios 12:9 leemos: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.”

Este versículo no glorifica el sufrimiento. Nos recuerda que la debilidad no es fracaso espiritual. Es espacio de dependencia real.

Por mucho tiempo hemos podido confundir fortaleza con fe. Donde podemos llegar a pensar que, si estamos cansadas, algo está mal con nosotras o que, si sentimos ansiedad, es falta de confianza.

PERO LA FE NO ELIMINA EL SISTEMA NERVIOSO. No nos vuelve inmunes al desgaste. La espiritualidad sana no exige omnipotencia emocional. El Salmo 62:8 dice: “Derramen delante de Él su corazón.” Derramar implica reconocer que algo está lleno.

LO QUE CASI NADIE NOS DIJO

Y es que ser fuerte no es el problema. El problema es sentir que no tengo permiso para no serlo.

El problema es que nuestro valor se haya construido alrededor de cuánto sostenemos. Lo que hace que por ejemplo descansar nos genere culpa o pedir ayuda nos haga sentir incompetentes. 

La realidad es que la regulación emocional saludable incluye apoyo externo. El cerebro humano está diseñado para co-regularse en vínculos seguros. Eso lo que quiere decir es que no fuimos creadas para procesarlo todo solas.

La ansiedad no aparece porque eres frágil, aparece porque llevamos años siendo fuerte sin descanso. Y nuestro cuerpo está pidiendo algo muy simple y muy profundo: alivio.

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Versículo Lema: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!” Salmo 46:10 NVI

Pame González

Costarricense, licenciada en Psicología Clínica con más de 10 años de experiencia dedicada al acompañamiento de pacientes en el viaje de la vida, Master en Psicología Clínica y de la Salud Mental. Su enfoque terapéutico se fundamenta en la teoría cognitivo-conductual, buscando proporcionar herramientas necesarias para afrontar y superar sus desafíos emocionales. Durante su trayectoria profesional, se ha desempeñado en una amplia variedad de casos, desde trastornos de ansiedad, depresión, trauma, abuso espiritual, relaciones interpersonales entre otros. Actualmente, labora realizando talleres, terapia individual y terapia grupal en el equipo de psicólogos de la psicóloga Alejandra Sanabria, Psicología Real desde una perspectiva científica y bíblica.

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