CUANDO LA ANSIEDAD TOCA TU FE
CÓMO INTEGRAR TU SALUD MENTAL Y ESPIRITUAL SIN EXIGIRTE MÁS
Hay algo que muchas vivimos, pero que quizás no sabemos cómo mencionar sin sentirnos juzgadas, por lo general, en el entorno en el que nos hemos desarrollado.
Y es sentir ansiedad. Porque, cuando nos sentimos así, no solo es la incomodidad de la ansiedad, sino que también podemos experimentar culpa por sentir. Lo cual nos lleva a esa incógnita de: ¿en qué momento sentir se volvió amenazador? ¿y cuándo la vulnerabilidad dejó de ser humana?
Entonces empezamos a cuestionarnos por qué nos sentimos así y, lejos de comprendernos, por lo general nos exigimos desde el silencio. Nos cuestionamos todo, incluso nuestra relación con Dios.
Como si la ansiedad no fuera suficiente, también aparece una voz interna que nos dice:
“Debería estar mejor.”
“Debería confiar más.”
“Esto no debería afectarme tanto.”
Y, sin darnos cuenta, lo que sentimos, pensamos y creemos se empieza a mezclar y, lejos de traernos consuelo, nos invade una serie de emociones que nos mueven los cimientos.
En su momento no comprendemos qué está pasando, pero, con el tiempo, nos damos cuenta de algo importante: bendita la hora en que ese cuestionamiento gritó tan fuerte hasta llegar al alma. Porque, aunque hoy no se sienta así, puede ser el inicio de un cambio transformador y revelador de quién sos, qué creés y, sobre todo, cómo lo creés.
LA ANSIEDAD NO SOLO SE SIENTE, TAMBIÉN SE INTERPRETA
Y es que, si profundizamos en el concepto de ansiedad —que es una respuesta del sistema nervioso ante la amenaza, la incertidumbre y la sobrecarga emocional— nos damos cuenta de que es mucho más que esa sensación en el pecho o ese nudo en la garganta que aparece sin avisar.
También es la forma en la que interpretamos lo que nos pasa… y ese es el mayor reto.
Son pensamientos que llegan rápido, con tono de verdad, como si fueran un diagnóstico sobre quiénes somos:
“Algo está mal conmigo.”
“No estoy haciendo suficiente.”
“Esto dice algo de mí.”
Quisiera decir que nos quedamos ahí, pero la realidad es que esos pensamientos no se quedan solo en lo emocional. Se conectan con lo más profundo. Empiezan a tocar nuestra identidad, nuestra forma de vernos… y también nuestra forma de ver a Dios.
Ahí es donde la ansiedad pesa más. Porque ya no es solo lo que sentimos, sino lo que creemos, entrando en nuestro sistema de creencias y llevándonos a cuestionarlo todo.
CUANDO LA ESPIRITUALIDAD SE MEZCLA CON LA EXIGENCIA
Nos enseñaron que la fe se ve como tranquilidad constante, como certeza, como tener todo bajo control. Que confiar es no dudar, y que estar bien es señal de que estamos cerca de Dios.
Entonces, cuando aparece la ansiedad, lo que se activa no es solo el malestar; es la interpretación de que estamos fallando.
Pero sentir ansiedad no significa que estamos fallando espiritualmente. Significa que somos humanas.
El problema no es lo que sentimos.
Es la explicación que le damos a lo que estamos sintiendo.
Porque, cuando la explicación viene desde la exigencia, la ansiedad se vuelve más pesada. Y, sin darnos cuenta, nuestra relación con Dios empieza a teñirse de presión, como si tuviéramos que arreglarnos primero para poder acercarnos.
Pero la realidad es esta:
“Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón; salva a los de espíritu abatido” (Salmos 34:18).
No dice: cuando ya estemos bien.
No dice: cuando ya no sintamos ansiedad.
Habla de cercanía… justo ahí.
LA AUTOCOMPASIÓN COMO PUENTE, NO COMO EXCUSA
Aquí es donde la autocompasión deja de ser un concepto bonito y se vuelve necesaria.
No como excusa.
Como puente.
Un puente entre lo que sentimos, lo que pensamos sobre eso y lo que creemos de nosotras mismas y de Dios.
La autocompasión no es dejarnos igual. Es dejar de tratarnos con dureza en medio de algo que ya es difícil.
Es poder decirnos la verdad sin destruirnos en el proceso.
Es empezar a reconocer que no todo lo que pensamos cuando estamos ansiosas es verdad. Que no todo pensamiento con tono espiritual viene de Dios.
“Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2).
Necesitamos empezar a cuestionarnos qué estamos pensando, cómo lo estamos pensando y cómo podemos transformar ese pensamiento en algo más saludable.
CÓMO EMPEZAR A INTEGRAR TU MENTE, EMOCIONES Y FE
No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de empezar.
Empecemos por nombrar lo que nos pasa sin maquillarlo. Decirnos: “me siento ansiosa”, en lugar de “debería estar bien”. La honestidad emocional no te aleja de Dios, te acerca desde un lugar real.
Luego, cuestionemos cómo nos estamos hablando. Preguntémonos si esa voz refleja verdad o si es una mezcla de miedo, historia y exigencia. A veces nos hablamos de formas que jamás usaríamos con alguien que amamos, y aun así lo normalizamos con nosotras mismas.
Y también, acerquémonos a Dios desde donde estamos, no desde donde “deberíamos” estar. Aun con dudas. Aun con emociones incómodas. Aun sin claridad.
Tal vez no necesitamos más disciplina espiritual.
Ni más esfuerzo por sentir diferente.
Necesitamos un espacio interno donde lo que sintamos, lo que pensemos y lo que creamos puedan coexistir sin juicio.
La ansiedad no nos define. Pero sí puede mostrarnos algo importante:
¿Cómo nos estamos tratando en medio de lo difícil?
¿Desde dónde nos estamos relacionando con nosotras mismas y con Dios?
Es un proceso de conciencia, compasión y autoconocimiento que nos lleva a una transformación más sana: de cómo nos vemos, cómo nos tratamos, qué creemos y quiénes somos.
¿Quieres una sesión con Pame?
Puedes agendarla aquí, sólo haz click
Versículo Lema: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!” Salmo 46:10 NVI