TU ANSIEDAD NO ES FALTA DE FE

Hubo un momento en mi vida donde pensé que algo estaba mal conmigo en todos los sentidos, pero especialmente espiritualmente.

Me acuerdo estar sentada, intentando orar, queriendo sentir paz, pero mi mente no paraba.

Pensaba en todo lo que podía salir mal.
En lo que no estaba logrando.
En lo que “debería” estar haciendo mejor.

Y en medio de todo eso, lo único que podía pensar era: ¿Por qué ya no siento a Dios como antes?

Me frustraba.
Me sentía culpable.
Y, siendo honesta, también me daba miedo.

Porque una parte de mí empezó a creer que tal vez me estaba alejando o peor, que Dios se estaba alejando de mí.

Hoy lo entiendo distinto.

No era falta de fe.
Era ansiedad.
Era agotamiento.
Era un sistema nervioso completamente saturado tratando de sostener demasiado por demasiado tiempo.

Y ojalá alguien me lo hubiera dicho antes: No todo lo que se siente como distancia espiritual es distancia de Dios.

Definitivamente tenemos días donde nuestra mente no se apaga y, si me atrevo a decirlo, nos pasa la mayoría de los días… más de los que deseamos reconocer:

Pensamos demasiado.
Sentimos demasiado.
Nos preocupamos por todo.

Días donde sentimos muchas cosas juntas: miedo por lo que va a pasar, frustración por lo que no podemos controlar, enojo por lo que no fue diferente. Y, en medio de todo ese ruido, intentamos conectar con Dios, buscando sentir paz en medio del caos.

Y la intención es buena, e incluso me atrevo a decir que es “correcta”, porque comprendemos de quién dependemos. Pero no es posible conectar con Dios cuando ni siquiera hemos conectado con nosotras mismas. Entonces nos miramos desde el juicio y nos preguntamos:
¿Estaré mal con Dios?
¿Él estará enojado conmigo?

Sentís que algo en vos cambió.
Que ya no sos la misma.
Que tal vez te estás “enfriando”.

Pero detené ese pensamiento, porque la verdad es esta:

No todo lo que se siente como distancia espiritual es distancia de Dios.

A veces es ansiedad.
A veces es agotamiento.
A veces es tu sistema nervioso completamente saturado.
A veces incluso son creencias limitantes de ver a Dios como ese ente castigador, lejano, distante, que está esperando juzgarte.

Cuando la ansiedad se siente como “desconexión espiritual”

La ansiedad no siempre se ve como crisis intensas.

Muchas veces se siente más silenciosa, más constante, más difícil de explicar:

una mente que no descansa
un cuerpo en tensión
una sensación de alerta todo el tiempo
dificultad para sentir paz, incluso cuando lo intentás
una desconexión emocional que no sabés cómo nombrar

Y ahí es donde muchas veces nos confundimos.

Empezamos a pensar que el problema es espiritual, cuando en realidad estamos en modo supervivencia desde hace años, y muchas veces porque hemos crecido en ambientes donde se ha naturalizado la ansiedad como un estilo de vida.

Cuando abordamos la ansiedad en terapia, nos damos cuenta de que, cuando nuestro sistema nervioso está sobrecargado, nuestro cerebro no prioriza la calma ni la conexión; lo que prioriza es protegernos como mecanismo de defensa. Y no todo lo que nuestro cerebro define como protección realmente lo es.

Por eso nos cuesta sentir.
Por eso nos cuesta enfocarnos.
Por eso todo lo sentimos más pesado.

No es que no querés acercarte a Dios.
Es que tu cuerpo está tratando de sostener demasiado, porque “se supone que es lo que debe hacer”.

No necesitas exigirte más, necesitas sostenerte mejor

Muchas veces, en medio de la ansiedad, hacemos algo sin darnos cuenta: intentamos solucionarla esforzándonos más espiritualmente.

Orar más.
Sentir más.
Hacerlo “mejor”.

Pero la ansiedad no se calma con exigencia. La ansiedad no necesita control, necesita un ambiente de seguridad.

Tu sistema nervioso no entiende de presión.

“Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo les daré descanso.” (Mateo 11:28)

Dios no te está pidiendo que llegués en paz.
Te está invitando a venir como estás.

Cansada.
Ansiosa.
Saturada.

Señales de que no estás “mal espiritualmente”, estás sobrecargada

Tal vez te identifiques con esto:

Te sentís abrumada con facilidad
Tu cuerpo está constantemente tenso o inquieto
Te cuesta desconectar la mente
Hay momentos donde te sentís emocionalmente apagada
Te frustrás porque “antes eras diferente”

Así que no es falta de fe. Es tu sistema nervioso enviando un mensaje claro y contundente: necesita descanso y cuidado, y eso solo vos se lo podés dar.

Es tiempo de bajar el ritmo.

Formas simples de acompañarte en medio de la ansiedad

Se trata de aprender a estar con vos de una forma distinta:

Más suave.
Más compasiva.
Más real.

Respirar también es una forma de orar

Cuando tu mente está acelerada, no necesitas una oración larga. A veces, lo más espiritual que podés hacer es respirar con intención:

Inhalá: “Dios, estás aquí”
Exhalá: “me sostenés”

Repetilo por un par de minutos.

Sin presión.
Sin expectativa.

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.” (Salmos 46:10)

Hacer pausas también es avanzar

La ansiedad te empuja a seguir todo el tiempo, pero lo que realmente necesitamos es detenernos con pausas pequeñas que nos reconecten con el presente:

sentir el agua en tus manos
salir a tomar aire
poner una mano en tu pecho y notar tu respiración

Son formas útiles, sencillas y cotidianas que podés usar para recordarle a tu sistema nervioso que estás a salvo. Siempre tenés la oportunidad de decidir aplicar herramientas que te ayuden a gestionar tus emociones.

Volver al presente cuando tu mente se va lejos

Cuando tu mente se llena de “qué tal si…” y escenarios catastróficos futuros, podés traerla de vuelta con algo muy simple:

nombrá 5 cosas que ves
4 cosas que podés tocar
3 sonidos que escuchás

Dejar de interpretar todo como un problema espiritual

No todo lo que sentís tiene un significado espiritual profundo.

A veces estás cansada.
A veces estás sobreestimulada.
A veces estás ansiosa.

Y eso ya es suficiente.

“Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.” (Salmos 103:14)

Dios no se sorprende de tu humanidad.

¿De qué se trata este mes?

Se trata de ser más honestas con nosotras mismas.
De aprender a acompañarnos desde la compasión y no desde el castigo.

La espiritualidad realmente es vivir apegadas a Dios desde la necesidad de estar cerca, no desde la exigencia.

Que, en medio de la cotidianidad, aprendamos a escuchar nuestro cuerpo.

Porque si hay algo que quiero que te llevés es esto:

Dios no se aleja cuando tu mente no para.
Dios no se va cuando no podés sentir paz.
Dios no mide tu fe por qué tan tranquila estás.

Se queda.

En el ruido.
En el cansancio.
En los días donde sentís que no estás llegando.

Y eso, definitivamente, es amor y gracia. 

DESCARGAR Workbook TU ANSIEDAD NO ES FALTA DE FE


¿Quieres una sesión con Pame?

Puedes agendarla aquí, sólo haz click

Versículo Lema: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!” Salmo 46:10 NVI

Pame González

Costarricense, licenciada en Psicología Clínica con más de 10 años de experiencia dedicada al acompañamiento de pacientes en el viaje de la vida, Master en Psicología Clínica y de la Salud Mental. Su enfoque terapéutico se fundamenta en la teoría cognitivo-conductual, buscando proporcionar herramientas necesarias para afrontar y superar sus desafíos emocionales. Durante su trayectoria profesional, se ha desempeñado en una amplia variedad de casos, desde trastornos de ansiedad, depresión, trauma, abuso espiritual, relaciones interpersonales entre otros. Actualmente, labora realizando talleres, terapia individual y terapia grupal en el equipo de psicólogos de la psicóloga Alejandra Sanabria, Psicología Real desde una perspectiva científica y bíblica.

Siguiente
Siguiente

La guerra no solo es espiritual sino también mental